El Juguete Rabioso

Roberto Arlt

“Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz (…) Cóbreme simpatía a pesar de ser un cascarrabias y por algunos cinco centavos de interés me alquilaba sus libracos  (…) Así, entregándome la historia de la vida de Diego Corrientes, decía: -Este chaval, hijo… ¡qué chaval! Era más lindo que una rosa (…) daba al pobre lo que quitaba al rico, tenía mujé en todos los cortijos… si era más lindo que una rosa…-
Dicha literatura, que yo devoraba en las entregas numerosas, era la historia de José María, el Rayo de Andalucía, o las aventuras de don Jaime el Barbudo y otros perillanes más o menos auténticos y pintorescos (…) Entonces yo soñaba con ser bandido y estrangular corregidores libidinosos; enderezaría tuertos, protegería a las viudas y me amarían singulares doncellas.
Necesitaba un camarada en las aventuras de la primera edad, y éste fue Enrique Irzubieta. Era el tal un pelafustán a quien siempre oí llamar por el edificante apodo de El Falsificador. He aquí cómo se establece una reputación y cómo el prestigio secunda al principiante (…)
De esta unión con Enrique, de las prolongadas conversaciones acerca de bandidos y latrocinios, nos nació una singular predisposición para ejecutar barrabasadas, y un deseo infinito de inmortalizarnos con el nombre de delincuentes (…)
No recuerdo por medio de qué sutilezas y sinrazones llegamos a convencernos de que robar era acción meritoria y bella; pero sí sé que de mutuo acuerdo, resolvimos organizar un club de ladrones, del que por el momento nosotros solos éramos afiliados. Más adelante veríamos, y para iniciarnos dignamente decidimos comenzar nuestra carrera desvalijando las casas deshabitadas (…)
 Decía yo a Enrique cierto día: -tenemos que formar una verdadera sociedad de muchachos inteligentes-. –la dificultad está en que pocos se nos parecen- argüía Enrique (…)
Nuestras pupilas estaban limpias de inquietud, osaría decir que nos nimbaba la frente un halo de soberbia y audacia. Soberbia de saber que al conocer nuestras acciones hubiéramos sido conducidos ante un juez de instrucción (…) Así conversábamos en torno de la mesa del café, sombríos y gozosos de nuestra impunidad ante la gente, ante la gente que no sabía que éramos ladrones, y un espanto delicioso nos apretaba el corazón al pensar con qué ojos nos mirarían las nuevas doncellas que pasaban, si supieran que nosotros, tan atildados y jóvenes, éramos ladrones…¡ladrones!
                                                                   
                                                                (…)



¿Saldría yo alguna vez de mi ínfima condición social, podría convertirme algún día en un señor, dejar de ser el muchacho que se ofrece para cualquier trabajo? (…) Me tembló el alma. ¿Qué hacer, qué podría hacer para triunfar, para tener dinero, mucho dinero? (…) De pronto se hizo tan evidente en mi conciencia la certeza de que ese anhelo de distinción me acompañaría por el mundo, que me dije: -no me importa no tener traje, ni plata, ni nada- Y casi con vergüenza me confesé: -lo que yo quiero es ser admirado por los demás, elogiado por los demás. ¡qué me importa ser un perdulario! Eso no me importa… pero esta vida mediocre… ser olvidado cuando muera, eso sí que es horrible...

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